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Solo de Mauricio Electorat.

22 abril 2009

El narrador Mauricio Electorat.

El narrador Mauricio Electorat.

Como ya lo hicimos con parte del contenido del primer número de Revista CONTRAFUERTE, este espacio virtual se hace cargo ahora de trasladar y acoger los contenidos del segundo número de la revista impresa.

En este sentido, ahora les ofrecemos SOLO, un cuento inédito del excelente narrador chileno Mauricio Electorat, autor entre otras obras de La burla del tiempo y Nunca fui a Tijuana.

Solo. Por Mauricio Electorat.

− ¿10 de Julio? Aquí Plaza Egaña.

Reconoció de inmediato esa voz, pero a pesar de ello, sin duda para ganar tiempo, para pensar en alguna salida, ¿pero cuál?, dijo:

− ¿Cómo?

Del otro lado de la línea, en alguna parte tras la espesa neblina que cubría la ciudad esa mañana, la voz nasal de Solís respondió:

− No te estís haciendo el huevón,10 de Julio, ¿te mando a Avenida Grecia, pa’ que te refresque un poco la memoria?

No hay caso, pensó. Y dijo:

− ¿Qué pasa?

Y el otro, burlón:

– ¿O preferís que vayamos con Cristóbal Colón a buscar a la Lorenita al colegio?

− Deja a mi mujer fuera de esto, concha tu madre.

El auricular escupió como una cachetada la voz burlona, apenas impostada:

− Tan recia… la culiá.

Miró hacia el recibidor. Lorena se había llevado su impermeable y el paraguas rojo. Estaba solo. En parte, eso lo aliviaba. Murmuró:

− ¿Qué quieres?

− Vicuña Mackenna tiene un trabajo para ti.

− Ya no pertenezco a la institución, Solís. ¿Qué chuchas tengo que hacer para que entiendan?

La voz al otro lado del teléfono se rió.

– Se es soldado hasta la muerte, huevón. Si no se está dispuesto a eso no se jura la bandera, ¿me vai a decir que no lo sabíai?

− Se acabó, Solís.

− 10 de Julio, métete esto en la huevá llena de mierda que tenís encima de los hombros: la patria no se acaba nunca, ¿entendiste? Nunca. A las siete en la Casa Rosada.

− No cuenten conmigo, Solís.

− Me llamo Plaza Egaña. Te esperamos.

Tres años. Y aún seguían allí. Y lo más probable es que nunca lo olvidaran, que siempre estuvieran allí, tras el timbre anodino del teléfono, a la salida del cine, en un parking, en cualquier maldita esquina. La patria no se acababa nunca, concha su madre, nunca. Había una solución, claro. Sencilla, además. Consistía en comprar un billete de avión y largarse. A cualquier parte. Para siempre. Ese era el problema: “siempre” era demasiado tiempo. Si él hubiese podido calcular, barruntar, intuir, cuatro, cinco, diez años, pero “siempre”… la palabra, de antemano, le producía escalofríos. Había otros inconvenientes. Lorena era uno de ellos. Ahora que había logrado abrir su colegio, no la movería ni siquiera a provincia. Además, a ella le encantaba Chile. Solía decir: ¿el extranjero?, maravilloso para hacer turismo, pero no hay país como éste. Su padre la había metido a un avión de la FACH con sólo días. Había pasado su infancia viajando con el coronel: de Punta Arenas a Quintero, de Iquique a Colina, etc. Hay experiencias que marcan. Por lo tanto se iba, pero sin ella. El último “inconveniente”, por decirlo así, era el coronel, no su suegro, el otro, el que se hacía llamar Vicuña Mackenna. Se lo había dicho en el casino, la noche en que lo habían agasajado con la cena de despedida, borracho ya, hablándole casi al oído, con la manaza de perro guardián en su hombro, puta, amigo, sonriendo, somos camaradas de armas, maricón, ¿sí o no?, y era broma, claro, pero, con la mano ahora en la nuca y pegando su frente contra la de él: nunca te vayai de lengua, huevón, tu sabís que para los traidores no hay escondite que valga, como guarenes, los cazamos, ¿sabís, verdad? Quédate tranquilo en tu casita por si alguna vez te necesitamos.

Esa “vez” era ahora. Por el ventanal del living contempló, allá abajo, el tráfico cargado de las nueve de la mañana hacia la Plaza Italia. Un día como otro para todos. No para él. Fue a su oficina y trató los asuntos más urgentes. A las tres de la tarde, modificó su testamento en la notaría. A las cinco, inexplicablemente, entró a un cine y vio una película que no vio. A la salida, lo sorprendió la oscuridad y la llovizna. Bajó por Huérfanos y Bandera hasta la Alameda. Minutos más tarde, estaba en Grajales, frente al letrero que decía: “La Casa Rosada, Restaurant, Comida Chilena”.

Puta Luchito, se puso de pie Vicuña Mackenna para abrazarlo, nada de 10 de Julio, Luchito… En el reservado: una botella de whisky, una hielera, vasos, Vicuña Makenna, Plaza Egaña y un tipo que no conocía y que le presentaron como Compañía. Se habló de todo, o sea de las queridas y, con sorna, de la mala fortuna de los ausentes, algo de fútbol, de la parcela que Vicuña Mackenna tenía cerca de Buin. El único que guardó silencio fue Compañía. Con los bajativos, fue él quien habló. La cosa era sencilla, había una operación que se les estaba retrasando mucho y tenían que resolverla pronto. Los contactos con los italianos (qué italianos, preguntó él y Vicuña Mackenna: Delle Chiae, quién va a ser) no habían dado resultados. Había un par de españoles por ahí, pero no eran de confianza. En resumen, dijo Compañía, pensamos que usted es el hombre adecuado. ¿Quién era Compañía? ¿Por qué nunca lo había visto? Tú, dijo Vicuña Mackenna, un honorable exportador de vinos, no vas a despertar ni la más mínima sospecha en Francia. Este es el objetivo, dijo Plaza Egaña. Tres fotos: un hombre de más de cincuenta años, facciones angulosas, cejas pobladas… tendría tiempo para estudiarlas. Le dieron un plano de la ciudad, una dirección, dinero, un pasaje aéreo y un pasaporte con otro nombre. Levantó la vista de los documentos y se encontró con la mirada de Vicuña Mackenna: Lucho, es la última vez, créele a tu coronel, después te dejamos tranquilos.

Fue solo al aeropuerto. Un viaje a la Feria del Vino de Burdeos por cuatro días. Nada. Lorena: lleva el gamulán, hace tanto frío en Europa. Él detestaba los gamulanes. Prefirió la gabardina. El avión lo dejó en Barajas. Un taxi lo llevó a la estación de Chamartín. Lamentó no poder ir al gallego de Lavapiés en el que solía comer cuando venía a Madrid. Al amanecer, estaba en la Gare d´Austerlitz. Se registró en el Hotel Istria, en la rue Campagne Première, muy cerca de La Coupole y Le Dôme, que había descubierto en sus primeros viajes. Justamente, en Le Dôme cenó una docena de ostras con un Chablis con el que no competía ningún vino chileno, aunque estaba mal que él lo dijera. Durmió temprano. A la mañana siguiente fue a reconocer el lugar. La estación de metro más cercana era Nationale. Había que caminar bastante. El edificio estaba en el 162 de la rue de Patay. En un café esperó varias horas. Cerca de las cinco lo vio en la vereda de enfrente y lo siguió. Entró a una verdulería, a una carnicería y volvió al zaguán desconchabado y sucio del que había salido. Las dos jornadas que siguieron fueron extenuantes, pues no logró verlo. Al sexto día estuvo seguro de su rutina. Solía almorzar en un “chino” de la avenue d´Italie, hacia las dos de la tarde. Antes de las ocho, bajaba a comprar algo para cenar. Hacía frío y gris la tarde en que subió hasta el tercer piso. Olía a repollo y a cera para el piso. Verificó el silenciador y la cacha en el bolsillo de la gabardina y tocó. Un hombre mucho mayor que en las fotos, casi un anciano, le abrió la puerta. Sonriendo y en un francés quizá tan malo como el de él, le preguntó qué deseaba. El lo miró: vio a su padre, se vio a si mismo, vio a Vicuña Mackenna, vio a Chile. Lo siento, dijo, me equivoqué de puerta. Volvió caminando a su hotel. “Como guarenes, los cazamos, ¿verdad?” Supo que estaba condenado al “para siempre” y, curiosamente, esa certeza no lo aterró. Antes de abandonar el cuarto escribió una postal: “Lorena, compra un pasaje a Madrid. Destruye esta tarjeta apenas la leas. Avísame cuándo llegas a la lista de correos del Correo Central de Madrid. Te quiero, Lucho.” Un taxi lo llevó hasta la Gare d´Austerlitz. Compró un billete a Madrid. El tren ya salía. Corrió por el andén. Un empleado del ferrocarril le pidió su billete y le señaló su vagón. Su compartimento estaba vacío. Cuando las luces de la ciudad quedaron atrás, bajó el vidrio y arrojó la pistola, el silenciador y el sobre con su dirección en Santiago a la vía férrea.

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