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Damaris Calderón.

5 mayo 2009
Damaris Calderón

Damaris Calderón

Parte del segundo número de Revista Contrafuerte, Verso y Prosa de la extranjera, artículo sobre la poeta cubana residente en Chile Damaris Calderón escrito por el poeta Simón Villalobos, nos presenta dos libros de la autora: La Extranjera y El arte de aprender a despedirse.

A partir del desarraigo de un sujeto extranjero nos habla de sus intentos por adoptar y traducir palabras y situaciones a lo largo del viaje, cuestión que interesa en la medida en que los receptores de tal discurso son los mismos habitantes del territorio transitado: domeñados por la costumbre de una realidad propia.

Continúa leyendo el artículo de Simón Villalobos.

Verso y Prosa de la extranjera. Por Simón Villalobos.

El año 2007 se publicaron dos libros de la poeta cubana residente en Chile Damaris Calderón. El primero, bajo el título La Extranjera (Editorial Cauce, Cuba) es una reunión de dos libros anteriores editados en distintas geografías y formatos: Guijarros (autoedición, 1994; Red Internacional del Libro, 1997) y Parloteo de Sombra (Editorial Vigía, 2004). El otro es El arte de aprender a despedirse (Ediciones Albadón, Cuba), mezcla de relatos, crónicas, noticias, poemas y anotaciones que se agrupan en un diario de viaje. La denominación apuntes de viaje, que subtitula a este libro sirve para señalar el carácter preliminar de esta escritura, la dispersión en que distintos datos aparecen según el orden en que han sucedido al viajante. Desde este punto de vista, la escritura es principio y fin del viaje y su registro el primer atisbo de un conocimiento que va tomando forma. Damaris se desplaza por el norte del sur, es decir, por ciudades del norte de Chile, viaje que parte de un dolor físico y una dificultad, pues implica al cuerpo y sus apegos en síntomas y sensaciones que comienzan lentamente a dejarse alucinar por el paisaje, capturado en un lenguaje a veces simbolista, a veces lacónico y reconcentrado: “Composición: Hierro y pájaros de mar. Los pájaros comiéndose el metal”. “Salida de La Serena hacia el Norte Grande: irrupción de la camanchaca: neblina, pero más espesa: neblina con alucinógeno.”

Los poemas de Parloteo de sombra, segunda parte de La Extranjera, coinciden con este paisaje y dificultad, desarrollando el desarraigo como tema. Desde su título, los apuntes de viaje, convertidos en un arte por Damaris Calderón, recaen en ese tema, que finalmente implica a una misma sujeto, esto es, a la extranjera, figura que porta el sentimiento de distancia y el ritual de ir dejando los lugares repitiendo el gesto con que ha dejado su origen. Uno de los rasgos más atractivos de esta extranjería es el esfuerzo por ejecutar una suerte de adopción y traducción de las palabras encontradas en el viaje; pues no es solamente un decir lo que se conoce y un juego desde las sugerencias sonoras de los nombres, sino poner esas sugerencias en una especie de carta o relato para que una persona que está al otro lado, en el país natal de los nombres sin misterio o con el misterio domesticado de lo propio, los comprenda (“barquitos (botes) artesanales, amarillos”, “palmeras (no palmas reales) sino otras palmeras, playa (junto o al lado de la palmeras), cactus y unos plátanos (bastante más pequeños en comparación con los tropicales)”). Es a esta persona –escritura personificada en un origen- a quien se explica la forma de los lugares que van siendo despedidos bajo la sombra de ese otro lado como contraste constante y distancia elemental.

Parloteo de sombra, es producto de una depuración de la prosa inmediata de los apuntes, en versos que expresan precisión y justeza como si fuesen el reflejo de la impresión inmediata, un destello que sólo se expande en algún dato que contextualiza la situación referida, apuntando al viaje como centro; un reflejo que abre paso a un detalle que profundiza la identificación de la sujeto y su posterior desarraigo, en relación a un origen y un presente como polos de una tensión persistente.

De esta manera, existe un complemento entre ambas publicaciones, gracias al cual se produce el crecimiento de un texto en el otro y viceversa. El arte de aprender a despedirse redunda entonces en la generosidad de acercar el poema, como práctica y registro de un conocimiento, al lector que recorre paralelamente las anécdotas e impresiones –expuestas a veces con extrañeza o desgano, otras con entusiasmo cautivado- que el viaje entrega. Este uso del poema como forma y testimonio de conocimiento –apuesta de considerable valor en tiempos en que los consensos parecen sostenerse en la capacidad de dudar y especular con esa duda una escritura, según ciertos límites prescritos- podría conectarse con la tradición poética cubana, fundamentada en autores como José Lezama Lima, exceso del pensamiento y saber en poesía que desde ella cuestiona los otros canones y razonamientos, o José Martí, exceso del poema en la vida y la historia en un mismo testimonio, por citar algunos ejemplos clásicos.

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