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La vida me supera. Presentación del escritor Mauricio Electorat. Por Emilio Gordillo.

8 junio 2009

Mauricio Electorat

Mauricio Electorat

El narrador y Director de Revista CONTRAFUERTE, Emilio Gordillo, nos presenta a través de la siguiente crónica al novelista chileno Mauricio Electorat (Santiago de Chile, 1960). Este es autor de las novelas El paraíso tres veces al día (Planeta, 1995) y La burla del tiempo (Seix Barral), obra que le valió el premio Biblioteca Breve en 2004, además del conjunto de narraciones Nunca fui a Tijuana y otros relatos (Cuarto Propio, 2000).

Continúa leyendo La vida me supera de Emilio Gordillo.

LA VIDA ME SUPERA. Presentación del escritor Mauricio Electorat.
Por Emilio Gordillo.

¿Y en qué partido íbamos a militar?

La burla del tiempo.

La historia no es una historia necesariamente.
Pero si hubiese que comenzarla habría que nombrar a dos personas de la literatura. Uno escribe, el otro cree hacerlo. Quien cree hacerlo nombró a Quien escribe en una clase en la que yo era alumno hace algunos años ya: dijo: Yo le hice clases a Quien escribe. No lo dijo de ese modo. Pero este texto lo escribo yo, y no soy, en el total, ninguno de los dos. Hoy no sé si aquello será cierto, la veracidad de aquella frase que, de serlo, no medra su cuota de descaro. Pero no nos desviemos. Está Quien escribe, está Quien cree escribir, y estoy yo, más joven que ambos, intentando aprender algo entre toda esta neblina que asemeja tanto a la literatura chilena con esas atmósferas enrarecidas de los pueblos en las novelas de González Vera.

Quien cree escribir disfrutaba mucho una novela del escritor chileno Mauricio Electorat. La novela se llamaba La burla del tiempo y trataba, principalmente, sobre una conversación, un ajuste de cuentas entre un delatado (Pablo Riutort) y su delator (Nelson) a décadas de una vida en el exilio en la desmitificada ciudad de París y el regreso de Riutort tras la muerte de su madre a Santiago de Chile. Quien cree escribir vive en la literatura. Lleva varios años construyendo una tesis sobre el cine, la vanguardia y la literatura. Me mostró un original una sola vez y que desde entonces le he pedido sin fortuna. Creo que tiene un plan, y ese plan consiste en ser el filtro por el cual pasan muchas personas que trabajan no solo en la literatura en este país, sino también en toda la maquinaria que la rodea: la educación es un ejemplo de ello: es posible encontrar textos de González Vera en faccsímiles de P.S.U. ¿Hace literatura? Vive metido dentro de la literatura como un gusano en su capullo. Yo, desde mi humilde ignorancia, creo que no escribe, pues no tiene nada que contar, ya lo decía Bolaño: ¿a quién pueden interesar las aventuras de un profesor? Por eso, en esta historia, lo he llamado así, Quien cree escribir. Yo esperaba, espero aún, que se animara a arrojarse, escribir es una apuesta inestable, y por ello, lo invité a hacer la introducción del cuento de Electorat que Revista Contrafuerte presenta a continuación. Lo llamé por teléfono, ya van a ser dos años desde que no lo veo y vivimos a menos de media hora de distancia. La vida me supera, me dice, por el teléfono. Le pregunto si le gustaría escribir una introducción a Electorat, a La burla del tiempo, sobre todo, novela que, personalmente, creo, superó un escollo terrible en la narrativa chilena, y en la experiencia escrita en la novela chilena, esto es: lograr la construcción de un lenguaje chileno, un registro, epocal, es cierto, pero que sitúa a la memoria y el lenguaje nuestro como una materia extremadamente novelable y disgresiva, sumamente divertida y oral, y, lo más importante de todo, verosímil. Pienso aquí en la tradición de la novela rioplatense, aquellos narradores argentinos o uruguayos que escriben como hablan sin convertir sus novelas en textos naturalistas, usando aquella idea que esboza Piglia leyendo a Roberto Arlt: no hacer una transcripción cruda del habla, sino de sus discursos. La vida me supera, repite Quién cree escribir, al otro lado del teléfono, déjame ver si puedo hacerme un tiempo de escritura el fin de semana. Con el celular en la mano, pienso que no lo va a escribir, luego creo que sí, después que no lo sé. Supe que ganaste un premio, me dice, me dice también que está orgulloso. A mi me parece una exageración, siempre fui de sus peores alumnos. ¿Quiere ir a la premiación?, le pregunto. Claro, dice él. Nos vemos entonces. Nos vemos.

Quien escribe, al contrario, no gusta de la escritura de Electorat. Le cree. Y eso basta para Quien escribe.

Algo ha sucedido en este punto de mi escritura. He intentado transcribir el habla de Quien escribe, traté de reconstruir el comentario que dijo en una muy agradable reunión en su casa y no pude, como si el suyo fuera un lenguaje aparte, embrionario, pre natal, como si su registro fuera a corto plazo en mi memoria. Decía algo parecido a que había tanta gente escribiendo pero daba la impresión de que pocas personas tenían algo que decir. Yo le respondí que la gente común se me volvía cada vez más interesante por su rareza. Le nombré Lord, de Joao Gilberto Noll, le nombre Whisky, la película uruguaya. Él abrió los ojos, fue en busca de Bandoleiros, la segunda novela de Noll, si no me equivoco, no la halló por ningún lado.

Aquel comentario estaba enmarcado en un juego construido por La narradora. En aquella reunión estaba ella, el Traductor, Quien escribe, La mexicana, El joven promesa y yo. Solo Electorat tiene su nombre aquí, pues es el fenómeno de su escritura el que nos interesa. La narradora mencionaba un nombre, Quien escribe esbozaba un le creo o un no le creo­. Quien escribe le cree.

Yo también le creo a Electorat, pero además me gusta su escritura. Me divierte y prefiero su existencia pues es una alternativa al sistema escritural de este país, donde no hay, digámoslo, exceso de narradores. Uno de sus valores radica, precisamente, en algo que se presenta solo a medias en el texto que escribo: la materialización de una experiencia en la novela, la huída solapada de ciertos contenidos bastante literaturescos y académicos­ que se leen muy entrelíneas, como por ejemplo aquel momento en que Riutort da la noticia de la muerte de su madre entre sus colegas, traductores de una empresa – a la usanza de Camen Balcells, editora del boom latinoamericano del cual muchos ya conocemos sus derroteros – que se encarga de redactar los saqueos petroleros o culturales de Latinoamérica a manos de Europa. Riutort se despide y prepara su regreso a Santiago asaltado por los correspondientes: ¿votre mère?, qué vaina, ¿de verdad tu madre?, hostias, deine Mutter, ¿kushó haha?, yes, his mother, ¿kushó obasan?, sí, sí, su mamacita, qué lástima. En un país como Chile, donde los padres ausentes son una institución, ¿qué figura es esta de la madre muerta? ¿Será la madre muerta de una lengua? ¿Una madre muerta que aún no nos bautiza y solo nos da a luz?

Dos preguntas me asaltan en este punto: ¿Por qué a Quien cree escribir le gustaba tanto La burla del tiempo y a Quien escribe no?, y por otra parte, ¿por qué yo los leo y los observo con tanta curiosidad, como a dos segmentos continuos de una historia desbaratada, el más viejo mudo y negativo, el más joven revolviéndose y asomándose para lograr hablar con el gesto desesperado de quien emerge desde dentro de una mortaja o una sábana?

Electorat fue contemporáneo de Quien cree escribir, pienso que Electorat escribió la novela que Quien cree escribir siempre quiso llevar a cabo. Es por eso que yo hubiese deseado no escribir este texto. Hubiese preferido cien mil diabólicas veces que Quien cree escribir se hiciera cargo pero llamó hace algunos días excusándose: La vida me supera, decía al otro lado de teléfono, no tengo tiempo. Al parecer los tiempos no están como para diálogos. Voy a ir a tu premiación, eso sí, se oyó antes de cortar. Ahora yo debo hacerme cargo de la presentación de este escritor, central, a mi modo de ver, principalmente por La burla del tiempo, en los discursos narrativos que se van fraguando acá en este territorio aparente que nos queda. Hay trabajo tras esta escritura, hay un proyecto necesario sobre este territorio aparente. Y es llevado a cabo con la exactitud terrible del traidor, del que no pertenece, y, por lo mismo, es capaz de ver y nombrar lo que otros no, es la visión de quien viene de vuelta y aquí esas visiones también son suma.

Lo recuerdo perfectamente, lo escribo. Fuera de este país fue, también, donde escuché decir a Quien escribe una frase que disfrutaba Quien cree escribir repitiéndola insistentemente clase a clase. Quién escribe decía que durante sus tiempos de estudiante, había una frase de moda, esa frase, de Jacques Derrida, era: Nunca supe contar una historia.

Electorat lo logra, Quien escribe reinventa una y un lenguaje, Quien cree escribir no se hizo responsable por este texto. El primero abandonó la Universidad de Chile a medio camino y se fue a Francia, el segundo salió de ahí y, además, hace clases en una universidad privada, el tercero sigue aún ahí. Yo, que escribo estas líneas, no me he vuelto a asomar por esos pasillos, aún no sé muy bien por qué.
No sé si Elelctorat también pasó por la experiencia, pero Quien escribe, yo y Quien cree escribir compartimos el haber sido alumnos de un personaje de apellido Schopf, esteta. Quien escribe lo llama Ebensperguer en una de sus dos novelas. Oí que lo han visto por el barrio Lastarria en días de semana, delgado, pasada la medianoche, envuelto en un abrigo y paseando a su perro atado a un lazo en donde uno es llevado por el otro y viceversa. Tal vez podría ser el padre ausente y viudo de estos discursos. Él, caracterizado siempre por su juventud, envejece. De Quien cree escribir no he vuelto a saber, no quiso hacerse cargo de esta presentación, en la premiación no lo vi.

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