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Fragmento de “Locuela” de Carlos Labbé.

3 agosto 2009
Carlos Labbé

Carlos Labbé

Del segundo número de Revista Contrafuerte ahora les presentamos un texto inédito del narrador chileno Carlos Labbé. Continúe leyendo un fragmento de la novela Locuela.

Carlos Labbé. FRAGMENTO INÉDITO DE LOCUELA.

Editorial Periférica. Cáceres, España. 2009.

Esa mañana El que escribe la novela llegó bostezando y con ojeras a mi departamento. Tenía que verme, hablar conmigo; por primera vez dijo: te quiero contar del Corporalismo. Yo me quedé escuchando te quiero, te quiero contar, que sus palabras querían usar las mías, que él iba a decir las cosas por mí, ese silencio que no está escrito cuando son dos los autores. Y siempre son dos. En ese silencio ya estaba planteado el Corporalismo, antes de que lo dieran a conocer en el auditorio de la Universidad de Neutria, antes incluso de que te sentaras en tu pieza a escribir la novela que iba a servir de guía al Movimiento del Cuerpo y el texto te esclavizara.

Alicia y yo nos habíamos convencido de que El que escribe la novela pasaría por el departamento más temprano que tarde con el pretexto de recoger el cuento que yo alguna vez le había prometido para el tercer número de su revista fotocopiada. Le mentí; en mi vida no había podido escribir algo con principio, medio y fin, nunca había puesto una sola letra mía en otra página que no fuera la trascripción de un sueño o un intento de écfrasis, así que fui donde Alicia y le pedí que me regalara algún cuentito suyo. Hicimos un trato: una se sentaba a escribir y la otra se presentaba públicamente como la autora en las eventuales presentaciones de revistas y libros, para recibir los elogios, dar las gracias y poner buena cara ante los comentarios. Era justo. Mis páginas son difícilmente publicables; los cuentos de Alicia, en cambio, interesarían a cierto lector obsesionado con la literatura infantil. Así que escogí una fábula patética cuyo título era La noche desperdiciada y se la pasé a El que escribe la novela. Después se pondría colorado, cuando yendo al ascensor se dio vuelta hacia la puerta abierta de mi departamento y notó que yo lo despedía desde el balcón con una mano en el aire, mientras atrás mío Alicia gesticulaba con todos sus dedos: a primera vista parecían obscenidades, aunque luego me di cuenta de que estaba representando una pequeña esfera de cristal dentro de un globo elástico y traslúcido que se va cerrando sobre ese centro. Pronto el globo explotaría y, con éste, la esfera, antes de que pudiéramos ver la cara que se reflejaba en el cristal. Cerré la puerta del departamento y Alicia me zamarreó bruscamente, las manos en mis hombros para que entendiera: el tipo no venía por nuestro cuento, dijo, el tipo va a perder esos papeles porque quería otra historia, una donde tú y yo somos apenas nombres de mujeres que le gustan. Acuérdate de mí.

Días después, El que escribe la novela volvió a tocar el citófono del departamento para preguntar por mí. Le respondió Alicia y él dijo: voy subiendo. Porque necesitaba verme de nuevo. Tocó la puerta, salí de mi pieza ordenándome el pelo, medio dormida. Lo tomé por la muñeca de un brazo derecho y lo llevé al balcón, donde nos sentamos.

El que escribe la novela miraba el mar. Su cabeza y sus manos iban y venían, no era capaz de eCarlos labbévitar el vaivén de las olas; en cambio yo estaba frente a él, mis ojos fijos en su cara. A veces cruzaba las piernas, lo tomaba de las manos para detener las suyas; otras veces me quedaba observando hacia dentro del departamento, donde Alicia estaba sobre un sillón, las piernas también cruzadas, sosteniendo un cigarro con una mano y un libro con la otra. Los dedos de ella volvían a separarse lentamente, luego se juntaban, aunque sin llegar a hacer contacto. Luego esta mirada pasaba de ella a mi reflejo apenas perceptible en el vidrio, luego a la cara que me ofrecía El que escribe la novela. Los objetos alrededor suyo lo estaban hiriendo, me dijo. En pleno insomnio decidía levantarse, chocaba contra una pared cuando intentaba salir de su pieza y quedaba tendido en el piso, la cabeza abierta; se ponía a escribir frenéticamente cuando uno de sus dedos resbalaba de la superficie del lápiz y chas, se cortaba con el borde de la hoja. Sangraba.

He dejado de escribir durante cinco minutos. Salí al patio a ver cómo la noche, sus estrellas tapadas por las nubes y el viento seco del verano, apenas perceptible, avanzan sobre el jardín de la casa. Después no ha sido suficiente para mí cerrar las cortinas y el ventanal para evitar sentir ese viento; me sentí pesada, casi no pude evitar caer dormida sobre las páginas, el sueño otra vez. El sueño como una alternativa a la permanencia y la muerte, ese dilema que me tiene escribiéndote una larga carta. El sueño es una alternativa, me decía El que escribe la novela, demacrado; dormía a pedazos porque cada tres horas debía volver al cuaderno en su escritorio: apartarse de toda forma de escritura es la muerte, Violeta mía que escribe la novela, me decías, tendido sobre una de las sillas del balcón. Porque no hay otra manera de quedarse acá que mutilándose en diferentes personajes que sin embargo –porque pertenecen a un sólo cuerpo, a mí, que estoy escribiendo esto ahora– forcejean para reunirse. Los personajes se van alejando entre sí hasta que se pierden de vista, se extravían en el relato, contemplan el paisaje de esa historia que los espera y deciden volver con los ojos cerrados, corriendo, para chocar con esos otros que vienen hacia ellos a toda velocidad. Los que sobreviven al impacto no recuerdan nada, no saben que han crecido o que antes eran más grandes, y comienzan a vagar por estas páginas sin saber que se están preparando para la siguiente colisión. Queda solo uno, finalmente, al cabo de muchas páginas: uno que ha sostenido todos los golpes, que recorre valles, océanos, desiertos y montañas sin encontrar a nadie, hasta que me divisa a mí, a quien escribe. Cada noche veo por la ventana al personaje acercándose. Viene corriendo hacia acá. Me recuerda a tanta gente que he conocido, sobre todo se me parece: es una mujer. Y no es una mujer, sino alguien que no es un hombre, que aparecerá al final de mi novela y demandará su muerte o la mía.

Entonces le hice una pregunta que no escuchamos porque no pude sacarla de mi boca. Yo estaba tendida sobre El que escribe la novela, sus palabras se sucedían sin hilos como en un sueño, el murmullo del mar se mezclaba con su voz mientras me hacía cariño con una de sus manos en mi cabeza cuando empezó a decir de qué se trataba la novela.

Carlos Labbé. (Santiago de Chile. 1977.) Ha publicado las novelas Libro de plumas (Ediciones B, 2004) y Navidad y Matanza (Ed. Periférica, 2007), además de la hipernovela Pentagonal: incluidos tú y yo (Universidad Complutense de Madrid, 2002). Es el compilador  de Lenguas (dieciocho jóvenes cuentistas chilenos) (Ed. J.C. Sáez, 2005). Durante 2009 publicará la narración Caracteres blancos (Ed. Uqbar) y la novela Locuela (Ed. Periférica). Trabaja como editor en Planeta Chilena, escribe guiones audiovisuales y hace clases en la Universidad Diego Portales. Es coeditor de Sangría Editora y dirige la revista electrónica de crítica literaria Sobrelibros.cl. Es Licenciado en Letras y Magíster en Literatura.

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