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Contrafuerte nº 4: EDITORIAL, A propósito de la traducción

17 marzo 2010

Les dejamos, como adelanto de lo que será nuestro número cuatro de Contrafuerte, nuestra editorial.

A propósito de la traducción

Ilustración de Chris


Hemos asistido a variadas transformaciones el último tiempo. Si la llegada de la derecha al poder parecía ya un movimiento brusco –el desfile de nuevos apellidos, ejecutivos de la empresa privada, como responsables del nuevo gobierno-,  ver cómo el paisaje del centro sur era barrido por un terremoto y tsunami, volviendo a su horizontalidad de polvo y miseria, fue definitivo; en este país donde todo está ultracentralizado, no sólo geográficamente, sino también en términos intelectuales, digamos, un país en manos de unos pocos rectores que autorizan o filtran una u otra versión tutelada de la realidad, los hechos de estas últimas semanas demostraron que la información sin intérpretes es inútil, casi tanto como la aparente regionalización de recursos y medios sin agentes capaces de hacer entendible un mensaje a otras personas. La tremenda cantidad de muertos y desaparecidos, los barcos varados en las plazas de los pueblos costeros, supermercados saqueados, gente armada con palos cuidando sus casas, los miles millones de pesos reunidos en una teletón, el toque de queda, militares en las calles de la VII y VIII región, y recientemente, el asesinato a golpes de un ciudadano supuestamente por marinos en Hualpén, son, en gran medida, consecuencias de negarse a traducir, a transformar para grandes grupos humanos el conocimiento de unos pocos, en este caso, el conocimiento básico sobre geografía, civismo y sismología que debiéramos compartir los habitantes de uno de los países más afectados por tales fenómenos naturales.

Por otro lado, que estas abundantes imágenes sobrecogedoras permanezcan aún como gestos latentes o hechos aislados, que no se haya fabricado y difundido a partir de ellas una lectura abarcadora acerca de nuestro presente, es otra prueba de la superficialidad informativa de los medios locales, en los cuales el desarrollo de ideas y argumentos resulta sumamente inhabitual. Nadie menciona, por ejemplo, que este terremoto desnudó la pobreza cívica, educacional y material de nuestro país, que los saqueadores no fueron sólo gente desesperada, histérica por la falta de agua, o simples ladrones, sino personas que han visto florecer, contiguos a sus villas, inmensos centros comerciales en los que solamente pueden endeudarse para así tener lo que todos quieren.

Efectivamente, Chile ahora es distinto, pero se parece al de antes en muchos sentidos. La inercia social que la dictadura obligó y de la cual la Concertación profitó durante veinte años, amenaza con descansar en un empresariado feliz que exige flexibilidad laboral, oportunidades y mano dura, pasando por alto todas las desigualdades, las diferencias sociales e injusticias del mercado. Son estos los nuevos protagonistas quienes, investidos de cargos públicos, serán también los nuevos directores de los discursos populares, los transformadores, traductores: productores y, a la vez, receptores de ese gran discurso llamado nación.

Si en el número tres de Contrafuerte quisimos ver cómo podía pensarse la dialéctica de centro/periferia, en esta oportunidad volvemos a uno de los temas capitales de la cultura de Occidente: la traducción. Este ejercicio es la forma que cualquier grupo humano tiene para asomarse al otro, acercar una comprensión y darse entender, mostrando en ese intercambio, justamente, lo que nos diferencia. Por ejemplo, al pensar en la gente de Chile, en la imagen que esa palabra delata, parece más bien borrarse la existencia de al menos cinco culturas y lenguas indígenas de este país. La democracia de las generalidades, coaccionada en su lenguaje y mediaciones, muestra en este término la negativa a comprender esas otras representaciones del mundo, esos otros ejes que proyectan las vidas de personas y comunidades. Se extinguen, se borran, desaparecen mientras nos compadecemos, pero ¿qué extrañeza podría causarnos si sistemáticamente nos hemos avergonzado de los nombres y las historias que dichos pueblos entretejieron al paisaje nacional?, y aún de un modo más terrible, si seguimos creyendo en que dichas expresiones vitales son originarias, lo que equivale a decir piezas museales, cuestión que las aísla con una profilaxis engañosa, no tanto por una alta valoración, sino por miedo.

En este panorama y perspectiva, hoy, 11 de marzo de 2010, cuando la televisión y los diarios se rinden a los pies del Restaurador entrante, se hace necesario más que nunca la generación de agrupaciones y la organización de medios alternativos e independientes que velen por la transmisión y defensa de aquello que disiente de la versión de Chile patrocinada por la derecha. En este sentido, el tema de la traducción se fue transformando en nuestra proyección de este cuarto número, desde el complejo traspaso de un idioma a otro a la lectura de esa otra traducción, el tránsito desde la época del arcoiris concertacionista, que legitimó, pese a todo, las desigualdades sociales heredadas de la dictadura, hasta la incertidumbre de un progreso en el que no hemos tenido voz, sino apenas un sonido animado por otros en las encuestas y la propaganda. Podría decirse, no sin cierto pesimismo, que pasamos de un caro technicolor impostado al país blanco y negro que siempre hemos sido.



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