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ADELANTO CONTRAFUERTE Nº 4: Hacer memoria, traducir. Acerca de tres poemarios recientes

20 marzo 2010

Por Simón Villalobos


Yo quería rescatar los fragmentos de la noche
José Lezama Lima

Un escrito, podemos asegurar, tiene al menos un pasado, un hecho real o imaginario que desata, genera las palabras. Entonces la escritura puede ser una forma de volver. Un intento que termina por resignar su verdad a la confusión de imágenes que se adhieren a esos acontecimientos y los envuelven. Una dispersión, un azar media entre el pasado y su relato. El mundo avanza, sigue entre esas construcciones –las techumbres, la canaletas se llenan de hierbas y flores- y al cabo de unos años, encandilado por los últimos acontecimientos, ve en ese relato justamente lo contrario de lo que se quería decir, o de otro modo, en él reconoce el repentino destello de lo real, obligándonos a voltear como si ese fuese su único instante, la razón, la vindicación de un autor y su obra.


Así en poesía, recientes publicaciones locales hablan de la memoria y tocan esta mediación entre el pasado y lenguaje que busca dar cuenta de él. Unos enfatizando el forcejeo entre las palabras y la experiencia, otros miran esa tensión apenas mientras nombran, fijan las cosas simplemente, como si el único valor del presente estuviera en pasar.

Guía para perderse en la ciudad de Víctor López, largo poema publicado el 2009 por Lanzallamas en su colección de fanzines, en una versión que el autor declara -valga la redundancia- parcial, inestable, se aboca abiertamente a una recuperación tan radical como imposible del recuerdo, objetivo dispuesto en contraste a los objetos nombrados; situaciones rutinarias, lecturas, pequeñas historias familiares son elementos dejados en el texto como pruebas de la arbitraria fuerza de lo que por sí mismo existe y no cambia por estar en un poema, pues: “La escritura no es la representación del mundo / sino una concesión con él”, una reverencia, un telón transparente sobre el cual el paisaje cubierto prevalece, un tejido arterial donde todo está detenido en el lugar impuesto por las cosas. Al reconocimiento de esta necesidad o fuerza de lo exterior, se suma la incertidumbre que proviene del compulsivo esfuerzo de este sujeto por precisarlas: “Mi padre construyendo mi primera biblioteca se golpeó / el dedo tan fuerte que la uña se le cayó // Quedando en su lugar un espacio vacío el cual yo siempre / evite de mirar // Los recuerdos ya no son así de claros”.

Otro acercamiento lo provee Vaho de Rodrigo Morales (Alquimia, 2010), un poemario más agresivo en su trato con el lenguaje que el de López –de tono más reflexivo y conducido por una indagación en su propio ejercicio creativo-, pues apunta al despliegue de una superficie en la que las palabras no alcanzan a encadenarse sino rompiéndose, fallando en sus relaciones, abriendo otras a partir de sus cortes. Superficie que, instalada en el extrañado paisaje de una bahía, es contrapuesta a una vida sumergida, pues bajo la línea de flotación está la plenitud, el tiempo detenido, la memoria llena de sentido y en silencio: “Ahora vienes junto a mí / a la cumbre de este lugar común acantilado / desde allí arriba se ven las palabras reventando como olas en el papel”. De este modo, uno de los sujetos de estos poemas –la ambigüedad de sujetos por la superposición eventual de una voz femenina es uno de los aspectos débiles del texto-, el buzo recorre esta plenitud que se sueña previa a la palabra, bajo la amenaza de estarla diciendo y salir por ello de golpe a la superficie: “Un color que restriega su memoria sobre un instrumento trasegado / a veces acá abajo se perfora una idea sobre el poema / sobre el poema un buzo como yo se inunda / y se desliza contra el nombre de un puñado de labios que ofician de santos en la penumbra”. La descompresión, esta enfermedad provocada por un brusco ascenso del buzo y que puede llegar matarlo, metaforiza en Vaho su salida desde esta memoria intemporal e ilegible al lenguaje, su parto o nacimiento, que “es comenzar a morir” según Gautier y los Fiskales Ad-hok: “el lugar del labio es el desborde / una leve señal sin descender / el ojo oscuro y la piel ceniza / la noche es un hueco en el espacio / el corazón revienta para sanar / la presión aumenta / los pulmones se llenan de aire / el aire es una herida”.

Cambio y fuera de Carlos Soto (Lanzallamas, 2009), converge al asunto de la memoria, pero no hay en este libro ni la articulación crítica de Guía para perderse en la cuidad ni la composición de un esquema que alegoriza a la memoria y sus mediaciones como un elemento que concentre la atención en un decir poético y sus conflictos con la lengua, cuestionando así su funcionamiento, introduciendo una razonable, abismante duda acerca de nuestras representaciones y efectividad comunicativa. En lugar de ello, Cambio y fuera se acomoda en lo cotidiano, datando los hechos como un en diario de vida. La agonía y muerte de Pinochet, el desarrollo del mundial de Alemania 2006, la lectura de Veneno de escorpión azul de Gonzalo Millán hasta su muerte –escritura biográfica que refleja a esta otra-, etc., son consignados en esta bitácora y metidos dentro, mezclados con los poemas cuyos títulos igualmente son una fecha. Debido a esta homologación o poner todo en el libro -sucesos, reflexiones, frases encontradas, poesía- en una llana cotidianidad, los poemas aparecen como una débil indicación entre otras, una banalidad que sirve a lo más para dar cuenta del diálogo entre los hechos colectivos y una individualidad lírica que desea integrarse o desaparecer en ella, olvidarse como olvidamos todo lo demás. Demostrar que todo se olvida puede ser un buen motivo para escribir, se podría pensar en Teillier o de Rokha, ambos aferrados a algo que está reventando o desapareciendo, pero en su lugar Cambio y fuera se entrega a una floja dispersión preestablecida –nuestras públicas vidas desconcertadas-, asegurando un eje de lectura solo por la mera formula de la datación y sobreentendiendo registro como memoria, un mecanismo carente de intensidad.

Dos generalidades emergen entonces. La primera, la más evidente, indica que en literatura un tema no produce nada por sí mismo, sino por el modo en que este se desarrolla. La segunda implica también a la traducción. Pues, por otro lado, si hemos creído en algunas de estas ideas, la percepción de un problema en el traslado de la memoria a la página amenaza con transformarse en un único tema, estancando la escritura en una necesaria referencia a sí misma. Esta exageración teórica, bastante difundida -un coagulo que obstaculiza el relato, lo atonta o lo mata-, se disuelve al considerar que el problema de la representación surge de un afán en la misma, en una búsqueda de lo real o una negación de lo real que la desplaza como una más allá trascendente, es decir, no se golpea ese límite a menos que se quiera transgredir. Así, más importante que la reflexión acerca de la posibilidad de representar tal o cual asunto a través de la poesía de una lengua, es el hecho que motiva esa reflexión, es decir, el hecho de que los poemas desarrollen contenidos que desfonden sus formas e instrumentos, señalando con ellos –desde un extremo u otro- el borde de lo traducible. Es el caso de esa memoria transparente, anterior a todo y rota en su enunciación, que presenta Vaho. Es el caso de la dispersión de la realidad y su experiencia que, en Guía para perderse en la ciudad, fuerza a los versos a seguir orbitando el pasado y presente, en la búsqueda de un nexo, una guía hacia un orden improbable.

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