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Adelanto nº 4: Texto de Marcelo Mellado

22 marzo 2010

TERRITORIO Y POLÍTICAS DEL TEXTO

Por Marcelo Mellado

Locaciones.

En el mes de noviembre del 2009 estuve en un encuentro de escritores latinoamericanos en Valdivia y, en ese contexto, tuve la oportunidad de reunirme con varios colegas para conversar de muchísimos temas que nos competen. Además de compartir con la comunidad, con estudiantes, con otros escritores y con académicos, tuve la oportunidad de estar con amigos que no veía hace rato. Y en una de esas reuniones informales que tuvimos en un bar, de esas que son fundamentales en ese tipo de encuentros, surgió la necesidad, nada más y nada menos, que la necesidad de una reescritura del Chile otro, una especie de reelaboración local de los acontecimientos recientes de la historia política; en otras palabras, delimitar de otra manera los hechos que nos constituirían (o de los relatos que es posible construir de los hechos, más específicamente). El bar creo que se llamaba La Bomba y estábamos reunidos José Ángel Cuevas, de Puente Alto; Bruno Serrano de Valdivia; Óscar Barrientos de Punta Arenas y yo de San Antonio. Nuestra plática se edificaba a partir de la impronta territorial o de cómo hacer el otro relato. Surgía la necesidad de corregir la historia, pero no para contar una verdad supuesta, sino por respeto de la voluntad de ficción que surge de la soberanía del punto de vista.

Una de esas vertientes de relato surge de las prácticas territoriales de escritura, que es, según verificábamos, el ajuste de cuentas con los sistemas editoriales de producción “literaria” y la crítica de algunos negocios académico-culturales que produce la institucionalidad política, y también, el repaso crítico de la historia política reciente.

Vale la pena plantear qué es una escritura o un escritor territorial, para no confundir la noción con el larismo u otras expresiones ligadas a la provincia o áreas geográficas, que nos remiten a un criollismo muy lejano a nuestras pretensiones, o incluso a un chovinismo regionalista, representado por el “maulinismo”, por ejemplo, que es un giro facistoide, producto de la voluntad de afirmatividad y de supremacía territorial.

El escritor territorial es el que enfrenta esta distorsión entre el mundo editorial o su impostura y la producción de escrituras que surge del trazado territorial. El centralismo administrativo, tributario de la voluntad neoliberal, caracterizado por la consagración monumental del libro en registro editorial, ha controlado-dominado el circuito de circulación del texto. Las escrituras territoriales quiebran con ese fetichismo y abogan por una obra o trabajo que dé cuenta del modo de producción local, entendida ésta como aquel sistema productivo autónomo e interconectado, y que opta por los proyectos colectivos y la ficcionalización del proyecto revolucionario clásico, los que se transforman en nuestros mitos o folclor zonal.

Exponentes.

Empapados de este registro auroral comenzamos a trabajar en esa reescritura de la historia o del texto histórico, por intentar ser más exactos, que no es otra cosa que la búsqueda de un verosímil ficcional, a la manera de una gramática generativa transformacional en la producción de la gramaticalidad o agramaticalidad de los enunciados, ordenando oraciones a partir de un contenido latente y otro manifiesto –análogo al sueño freudiano–. En el fondo, las transformaciones serían (re)escrituras posibles de una matriz ficcional, que se inventó un origen acorde a las necesidades discursivas del periodo; de donde vendría nuestra patrística republicana.

En la novela de Óscar Barrientos El Viento es un país que se fue, se narra, por ejemplo, la posibilidad, paródica, de una épica patagónica. En la Nueva Provincia de Andrés Gallardo también es posible, a partir de zonas que están a medio camino, sin peso administrativo, el surgimiento de una ficción territorial que pone en crisis las grandes políticas que delimitan el territorio. En las prácticas poéticas locales, por otro lado, podemos citar la obra monumental de Yanko González, Alto Volta, en que la propia escritura aparece como un acto territorial, un desplazamiento de citas y marcas que delimitan varios niveles de la subjetividad, que van desde la biografía a secas, hasta los efectos de superficie que produce una frase de la tradición política. Son elementos o ingredientes fundamentales a la hora de producir la (re)escritura. Con el mismo Yanko González, pensábamos hacer un recorrido, en el sentido territorial, siguiendo la propuesta geográfica de De Rokha en su Épica de las comidas y bebidas de Chile.

En el recuento que hacíamos en aquel bar Valdiviano que comenté al comienzo, uno de los tópicos lo constituía la historia política reciente, incluido el periodo revolucionario y de la resistencia, con su proliferación de emergencias del acontecimiento. Yo recordaba los textos que sobre el particular escribiera Germán Marín que relataba el ajusticiamiento de un grupo político, la VOP, cuya raíz estaba en el partido socialista, se trataba del que componían los hermanos Rivera Calderón, que ajusticiaron a Pérez Zujovic en los años setenta. Estos fueron acribillados porque estaban “cagando” el proceso revolucionario que se gestaba. Uno de sus integrantes, por venganza, ingresó tapizado en dinamita y disparando, cubierto por un abrigo, al cuartel de investigaciones de la época, su objetivo era llegar hasta el Coco Paredes, director de investigaciones e importante miembro del partido socialista. Algo análogo habría ocurrido con el aparato de inteligencia que montó la concertación llamado La Oficina, dirigida por Marcelo Shilling, hoy diputado, y que habría dado cuenta de algunos miembros del Lautaro, como el joven Antonioletti (en este punto habría que señalar que había una disputa entre el aparato de Belisario Velasco y el del dirigente socialista, en la que triunfaría el DC). El Lautaro aparecía como una amenaza de la transición democrática. Es decir, el Lautaro sería la VOP de principios de los noventa.

La propuesta.

En este caso no se trata de ilustrar o corregir la historia, sino de ejercer un trabajo de (re)escritura con ella para dotarla de la ficción necesaria, de modo de legitimar su circulación y su regencia analítica. Algo análogo ocurría con la historia guerrillera de este país que siempre tuvo como lugar sagrado el sur de Chile, es el caso de Neltume y Nahuelbuta.

Reviso un libro sobre la guerrilla de Neltume y me provoca una tristeza infinita. Me refugio en una mirada que se sostiene desde la ficción, para neutralizar la ingenuidad brutal de una narración sobre un hecho horroroso que siento que necesita otro relato, al menos una mejor construcción del sistema de imágenes. Aunque no podemos pretender una estrategia retórica en esas circunstancias, tampoco imponer la tranquilidad de un cómodo presente de articulador de historias posibles. Por otra parte es innegable la calidad de la experiencia (benjaminiana, por así decir) de aquellos compañeros que emprendieron la épica guerrillera, a pesar de que uno siempre les criticará, afectuosamente, su militarismo romántico o su actitud de boy scouts con conciencia de clase. Quizás  el cinismo sea un recurso de reconteo o de (re)escritura de “izquierda” de la historia; un modo, tal vez, de algodonar la caída vertical o el fracaso absoluto y humillante del que fuimos víctimas y  seguimos siendo, lisa y llanamente. La historia del FPMR, organización que fue más efectiva, también nos llena de una sensación…, más que de fracaso, de inutilidad, por lo que ocurrió después y por lo que sigue ocurriendo y por lo que está a punto de ocurrir (el triunfo electoral de la derecha).

Me tranquiliza el hecho de no estar pretendiendo una lectura político analítica de esa historia, sino la búsqueda de una estrategia de relato que posibilite sostenerla. Por otro lado, me lleno de emoción lacrimógena, porque  veo en youtube un homenaje al compañero presidente Allende en el que participan la nueva horneada de cantautores chilenos, como Manuel García, la Javiera Parra y mi queridísimo Chinoy, entre otros(as). Ellos cantan el musicalizado discurso de esa hermosa noche de triunfo (el 4 de septiembre del 70). Puta el discurso pa´bonito. Ningún huevón habla ni hablará como el compañero presidente Allende, pienso. “…vuelvan a sus casas y abracen a sus hijos…”

Esta reescritura crítica y/o ficcional de la historia sería una tarea político-textual que resolvería en parte la crisis de “realidad” de la izquierda política, como zona retórica que renunció patológicamente a la producción utópica y/o ucrónica. ¿Nuestros cordones literarios territoriales, serán capaces de dar cuenta de los acontecimientos desde una poética de la restitución o desde una épica del fervor ciudadano?

¡Tenimos que puro intentarlo!

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