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Adelanto Contrafuerte nº 4: Sobre la narrativa de Jaime Collyer y Mauricio Electorat

23 marzo 2010

El despertar de la modorra

Sobre la narrativa de Jaime Collyer y Mauricio Electorat.

Mauricio Electorat y Jaime Collyer publicaron novelas el 2009. Y aunque ambas tuvieron diferente fortuna, ambas comparten un elemento de utilería común, la literatura dentro de la literatura, un coletazo del huracán Bolaño que ya desordenó irreversiblemente el panorama narrativo chileno.

Por José Ignacio Silva


Se fue un año y lo que dejó el 2009 literario chileno fueron doce meses en los cuales, de una manera sorprendente y misteriosa, la narrativa, y más específicamente la novela, se sacudió de esa modorra intelectual y argumental que venía siendo su triste estandarte durante los últimos años. Porque una somera revisión a los balances y pareceres de los comentaristas literarios chilenos (unos más mordaces, otros más conciliadores) sitúa a la narrativa como un género que tiene una deuda no solamente pendiente, sino que tenía la adversa costumbre (a la luz de cada bodrio que las editoriales se empecinaron en poner en los anaqueles de las librerías) de acumular un funesto interés, y convertirse, finalmente en una bola de nieve que arrastraba consigo la calidad de lo publicado en nuestro medio.

Sin embargo, y muy a la par del comportamiento de la economía chilena en el último tiempo, la novela parece que empezó a dar luces de funcionamiento, y a arrojar números azules en los balances. Para ilustrar esto, basta revisar algunos de los títulos que se publicaron durante el 2009 y que jalonaron a un sector otrora deprimido, hoy encaminado, no sabemos hacia dónde, pero avanzando. Sobresale, como siempre Germán Marín, en este caso La segunda mano (Mondadori). Un escritor que se encarama por sobre el resto (y lo ha venido haciendo por años) por su regularidad, por su prosa recia, brutal, efectiva hasta el asombro, sólida y regular.

La lista sigue, pero hay que introducir un factor que ha venido modificando el panorama novelístico y narrativo no sólo local, sino también en el ámbito variopinto e ingente de la lengua castellana: Roberto Bolaño. Bolaño murió el 2003, y a cerca de siete años de su muerte, se ha instalado en el pináculo de las clasificaciones, ránkings, escalafones, modas. Se construyó su mito, se armó su religión y su palabra se esparce por todos los desiertos, desde el de Sonora al de Atacama. Sin dejarnos obnubilar por el estrellato estadounidense que Bolaño adquirió, o bien por esa pasada de rosca que muchos escritores actuales han denunciado, hoy, en el 2009, el virus Bolaño ha infectado a escritores que ni siquiera habrían sospechado alojar al agente patógeno en sus pulcras literaturas.

Quizás como nunca antes nuestra narrativa ha encontrado nuevos bríos en el lado bolañiano del espectro escritural, el lado en el cual la literatura está presente como un eje, como un vórtice que arrasa, como una tormenta de arena que borró las coordenadas y hojas de ruta de una prosa que, poco propensa al juego, y menos aún tendiente a introducir literatura dentro de la trama. Entiéndase, no hablamos de libros dentro de libros, sino de literaturas perdidas, autores que transitaron su vida al borde de un desfiladero y que, como única herencia, dejaron textos perdidos, apenas sospechados, o que son el punto de partida para escribir una historia, una estructura donde el acto de escribir, donde esa gran impostura constituye las vagas señales de ruta de un camino que, lo más probable, no conduzca a ninguna parte.

En términos simples, la barrera que pretendió superar Bolaño en su obra –y que sobrepasó de modo exitoso y admirable- fue sacar de su modorra a un tipo de literatura producida de este lado del mundo que, con pasmosa flojera, se había dormido en los laureles del boom latinoamericano, contentándose con la imitación de formas comercialmente muy exitosas, pero que frenaron en seco una forma de narrar. Bolaño entendió que este tipo de novela estaba agotada, pues sus productores habían abandonando la misión insobornable del escritor, la de empujar las fronteras de la literatura y conquistar territorios nuevos.

Dos para el camino

Dos libros, dos autores. Mauricio Electorat y La fidelidad presunta de la partes, y Jaime Collyer y Las islas que van quedando. Dos autores que lanzaron libros el 2009, con disímil resultado.

Gran expectación generó la obra de Electorat. Su precedente (desde París), La burla del tiempo, fue aplaudida y premiada (obtuvo el premio Biblioteca Breve en 2004) por ser una concisa y desenvuelta mirada acerca de la historia reciente de Chile, relato compuesto con la distancia necesaria para evitar la contaminación panfletaria que hubiera implicado escribirla en Chile, desembarazándose de la moral trasnochada que impone muchas veces el llamado progresismo y del deber de pasarle la cuenta a la dictadura mediante un documento denso e infumable. Electorat supo sortear esa valla con tal destreza que sorprendió. Por eso, el anuncio de la publicación por parte de Alfaguara de Las islas que van quedando hizo salivar a los lectores que tan alto concepto conservaron de Electorat. Y tan pronto como vino el libro, vino la decepción. La crítica local se encargó de anunciar a todo pulmón que el nuevo proyecto de Electorat había fracasado estrepitosamente. Falla estructural, precariedad en el encolado de historias baladíes, exceso de páginas, bostezos durante largos pasajes. Las islas que van quedando apareció casi al mismo tiempo que el palo al gato de Fuguet: Missing. Hacer doblete era la intención de la editorial Alfaguara, pero lo que no estaba ni en los planes más pesimistas del sello del grupo Santillana es que esta nueva entrega de Electorat hubiese pasado de los aplausos cerrados a las pifias sonoras.

Jaime Collyer fue otro protagonista del 2009 novelesco. La fidelidad presunta de las partes, la última novela del autor de Gente al acecho (y su primera novedad literaria en siete años) probó ser un muy placentero y cómico salto adelante de un autor al cual la sombra de José Donoso afectó, enfriando su escritura. Y aunque todavía esta novela presenta ese lenguaje relamido que se ha transformado en un sello de Collyer, su desparpajo, su razonable éxito en el despliegue cómico de una historia por momentos desopilante, opera bastante bien.

Literatura dentro de la literatura


Volvamos a Bolaño y sus influencias en lo nuestro. Hace algunos años, pocos podrían haber sospechado que Roberto Bolaño (sí, Roberto Bolaño) podría haber metido sus manos en las novelas de Electorat o Collyer, quien no hace mucho lo describió como un “fuera de serie”. El primero mantuvo una discreción sana (o estaba muy lejos del mundo hispanoparlante, tal vez), y el segundo una distancia, pues fueron dos alces que se mostraron la cornamenta y se acometieron. Pero las vueltas de la literatura, la vida, o ambas tienen a las dos novelas con elementos en común entre ellas y con Bolaño.

El elemento clave es la literatura, y más en específico la presencia de textos, ora perdidos, ora míticos, como ejes articuladores de la acción, o al menos con una cuota suficiente de protagonismo como para mencionarlos en las solapas, contraportadas y en las apariciones en prensa. En Bolaño fueron poetas o escritores, míticos personajes cuya escritura está perdida, o cuyos libros son inencontrables hasta que aparecen en los escenarios más disparatados, disparando la historia en múltiples direcciones. Basta tomar a los dos estandartes, las dos enseñas mayores de la literatura de Roberto Bolaño: Los detectives salvajes y 2666. Una poeta aislada en el desierto; un escritor desconocido, pero que cuya leyenda circula en circuitos con admirable permanencia. En ambos casos, en el de Cesárea Tinajero y el de Benno von Archimboldi, hay, por supuesto, textos de los que nadie sabe mucho, pero que hay que rastrear.

Pues bien, Collyer y Electorat han elegido usar como elemento de utilería manuscritos fortuitos, textos descarriados, de autores que pertenecen a otro tiempo, o que desencadenan acontecimientos extravagantes e inverosímiles. Collyer opta por el absurdo, Electorat por la prédica; Collyer opta por mantener mesura en el número de sus carillas, Electorat parece que no tuvo suficientes, y tampoco mucha consideración por un lector cada vez menos estoico.

Si hay diálogo entre estas historias es que sus personajes se topan con textos que determinan su actuar. En Las islas que van quedando Boris Sandoval, chileno residente en Barcelona (como no podía ser de otra forma) amigo del escritor argentino Óscar Julián Soler, hereda sus papeles, entre los que se encuentra el manuscrito de una novela, que se despliega en el texto. En La fidelidad presunta de las partes, el protagonista Diego Lombardi es escritor, crítico del mundo editorial local, tiene un texto que nadie ha leído y se mete en la escritura de una vieja leyenda africana que termina siendo una camisa de once varas, pues bien pudo costarle la vida cuando Estados Unidos sindica a Lombardi, a partir de este texto, como un potencial terrorista. El ascendente bolañiano en Collyer es más notorio, y los puentes se pueden tender sin problemas entre La fidelidad presunta de las partes y 2666: Fate comparte cromosomas con Lombardi. Baste recordar que Fate, el periodista neoyorquino, tiene preocupaciones sociopolíticas, pero más que eso, es su labor como reportero lo que lo lleva a encontrarse cara a cara con el peligro. Las pesquisas de Lombardi lo llevan a ser acusado de terrorista, el reporteo boxeril de Fate lo lleva al epicentro de un escenario del horror que se desarrollaría después en 2666. Y nótese más, los personajes tanto de Collyer como Bolaño emprenden una búsqueda, pero una búsqueda que tiene más cara de huida que cualquier cosa, un movimiento infeliz en todo caso y que carece no sólo de un objetivo “noble”, por decirlo de alguna forma, sino que también llega a carecer de sentido.

La literatura, la escritura y textos de suerte desigual están presentes en ambas novelas. Electorat falló en dar mayor relieve argumental al manuscrito de Soler, mientras que Collyer sacó partido de la literatura dentro de la literatura e hizo de la leyenda del rey Monomotama la piedra angular de su histérica novela. Ambos abrieron la puerta a la tendencia actual, en la cual a la par de los seres de carne y hueso, un hato de carillas de procedencia desconocida también puede ser protagonista.

El diálogo recién comienza y pareciera que, tal como están Bolaño y sus libros, frescos en nuestras retinas asombradas, es difícil tomar demasiado en serio estos dos exponentes de bolañización. Bolaño cerró una puerta que permanecerá con llave y candado por siempre, y que los escritores actuales recién están intentando forzar con pingües alambres.

Texto adelanto de Contrafuerte nº 4, abril, 2010

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