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Hagamos leña del árbol caído: pequeña situación de la última poesía chilena.

31 marzo 2010

Por Juan Manuel Silva Barandica

El problema. La historia que acaba de pasar es siempre la menos apreciada. Las nuevas generaciones se desenvuelven en pugna contra ella y tienden, por economía mental, a compendiarla en un solo emblema para de una vez liquidarla.

Alfonso Reyes, “Pasado Inmediato”

Ese niño que es el tiempo, dicen, no pasa en vano. Todo río ha de llegar en su imagen de cambio y permanencia a dormir en el océano. Así, aunque los cuestionamientos sobre el tiempo sean mirados siempre como una manera de “escapar” a los problemas que plantea cada época, de vez en cuando es necesario medir o cuantificar su paso objetivo, los años, los decenios y lustros que nos separan de ciertos contextos y situaciones históricas.

En el caso de las periodizaciones, es decir, la consideración de que ciertos grupos de autores, autores, estilos, estéticas y discursos pueden ser ordenados en relación a una época -digamos, en nuestro caso, el fatigoso problema de las generaciones-, la inclinación a distinguir generaciones en lugares que no las hay y mediante ordenamientos temporales arbitrarios ha conducido a muchos equívocos. Uno de ellos (el que comentaré aquí) es el prejuicio o sesgo que se ha cernido sobre la mal llamada generación de los noventa. Un heterogéneo grupo de poetas nacidos durante la década de los setenta y que por vez primera publica en la de los noventa del siglo pasado ha sido llamado por ese nombre, sin considerar las evidentes diferencias de temáticas, registros, utilización de recursos retóricos, además de las notorias distancias ideológicas o de comprensión de la gran ideología de mercado. Dicho malentendido, soportado por la laxa crítica, la inoperancia de las academias y los estudios literarios, así como por las promociones venideras, específicamente aquella llamada novísima, ha provocado que los lectores crean que tales producciones literarias fueron apoyadas por departamentos de literatura, padecían de un anacronismo cultista, se desentendían del contexto y la contingencia política, y acapararon el pequeño ámbito literario chileno.

La ficción construida alrededor de dichos poetas, quizás por una búsqueda desenfrenada de figurar o por ignorancia, ha marcado un distanciamiento de dichas escrituras, dibujando una caricatura del trabajo que poetas como Leonardo Sanhueza, Kurt Folch, Andrés Anwandter, Javier Bello y Germán Carrasco han sostenido en el tiempo. Hay otros casos, ciertamente discutibles (en términos de pertenencia a tal o cual grupo), como el de Antonio Silva, aunque el problema existe en tanto han sido perpetuadas algunas de estas creencias sin someterlas a críticas. El silenciamiento, la fumigación de escrituras débiles y la hiperdictadura de las cuales continuamente se habla en expendios de cerveza, junto a la satanización de la academia o los estudios universitarios de literatura, son contradictorios, considerando que la gran mayoría de los poetas que han publicado desde el dos mil en adelante son o fueron estudiantes universitarios, y en alguna medida, de literatura. Por otra parte, su ataque al aburguesamiento o directamente a la forma de vida burguesa, si bien es, ha sido y será objeto de la crítica, no puede ser entendida más que desde la misma vida burguesa. De algún modo todos somos modernamente burgueses. Al cabo, objetivamente, la anulación de un estado anterior de poesía es coherente a la idea de que el escritor joven debe superar a sus maestros (en una parodia a las revoluciones científicas de Kuhn). Y aunque esta relación tradicional o con la tradición, parezca maniquea, ha servido de estandarte para comprender la poesía de urgencia de los ochenta, la angustia de las influencias (tomando el término de Harold Bloom, en esa asfixia que genera producir literatura leyendo la “gran literatura”) de los noventa y la histeria teatral de los dos mil. Cada una de estas promociones reacciona contra la anterior, aunque no en todos los casos de modo destructivo o descalificativo, sino dialógico. En ese sentido, la poesía de Germán Carrasco y Andrés Anwadnter, política, preñada en algunos casos del encriptamiento propio (el uso de códigos para cuestionar la tiranía) de la dictadura, dialoga con la promoción anterior para cuestionar la transición y los vicios de esta nueva belle epoque en que se ha transformado la democracia. Así, frente a un contexto débilmente poblado por escritores en formación y los últimos estandartes de promociones anteriores, surge la novísima buscando la forma de contrarrestar las escrituras que ya estaban “situadas”, junto con desestabilizar el aparente estado de las cosas (el stablishment literario). Para esto, además de producir cuantioso y extenso material poético, revisó la última década resumiéndola en un emblema: un grupo de burgueses que adhería al proyecto país de la concertación. Dicha emblemática, interesante, por cierto, sería desarrollada también como un procedimiento de construcción de mundo, en el que ciertas imágenes infantiles, precarias y comunes, diseñarían desde la pobreza, la exclusión, la ignorancia y la discriminación, una imagen de país contraria y crítica a la anterior. Siendo ambas programadas por la novísima en su discurso y gestión cultural, su decurso fue sencillo, llegando estas imágenes (el niño sufriente y pobre, el homosexual vidente, la mujer extrañada en lo urbano, el andrógino, la loca y el joven que nomina desde el amor sin convenciones sociales) a desestructurar cierta ficción de centro o de hegemonía literaria. A pesar de esto, el éxito aparente escondía un vicio, pues la repetición de procedimientos probados, las fórmulas o formulismos de los que tanto se habla, acabaron por crear clones de dichos discursos, réplicas fallidas de producciones poéticas en ciernes, que derivaron en una saturación del angosto medio con poetas y poéticas homogéneas, chatas y superficiales con respecto a los problemas sociales a los cuales se hacía referencia. Entonces, la emblemática nacional, esa imagen que se ligaba con Pablo Neruda y Raúl Zurita, se reveló vacía en estas producciones al no existir un diálogo interno, ni menos externo con las otras promociones. La reconstrucción de un mito de la diferencia, un mito invertido (H.Hernández), la pérdida de la interioridad e intimidad en la ciudad (P.Ilabaca), la inocencia pervertida como medio de interpretación de la realidad (P.Paredes), el intento de subvertir un lenguaje que diera cuenta de la experiencia desde categorías estables-teóricas (F.Ruiz) y la retórica de un amor homosexual representando en la figura amada la nación (D.Ramírez), terminaron por hacernos pensar que la emblemática era la única manera de producir poesía, siendo que ellos mismos habían pregonado la diferencia. ¿Cuál es la causa del vaciamiento de esos discursos y la transformación de la resistencia en panfleto? La ausencia de crítica.

Existen muchas formas de ausencia. En el caso de la crítica, más que un par. Podría mencionarse la ausencia de crítica periodística, la difusa crítica académica, la negación a la crítica entre poetas o escritores, pero la más compleja es la situación de la crítica en la poesía misma, desde la metapoesía (poesía que habla de la poesía) o una autroreflexión. Así, olvidar el valor de la crítica al propio hacer, además, es negar la tradición crítica que instalara Baudelaire, por no pensar en Quevedo, Villon, Catulo o Anacreonte, quien planteaba ya hace siglos que quería la lira de Homero, pero sin sangre. Asimismo, negar la tradición y la autocrítica es ignorar la historia reciente de la poesía chilena, negar el trabajo de Enrique Lihn, soportado por los trabajos de Nicanor Parra, Pablo de Rokha y, por cierto, Eduardo Anguita, en su agudísima reflexión sobre el canon y la posibilidad de lo nuevo en poesía, sobre todo en Chile.

No existen muchos libros de tales características hoy en día. Multicancha de Germán Carrasco es uno de ellos. Otro podría ser Chilean Poetry de Rodrigo Arroyo, aunque exista más un narcisismo en él que una autoreflexividad. Alfabeto para nadie, Las edades del laberinto e Higiene podrían ser otros títulos a revisar. Ahora bien, la existencia de libros que exploren dichas materias tampoco es síntoma de un cambio o una mutación del estado de las cosas. Pensemos en las querellas que se generan en los blogs, las habladurías sobre la vida privada de tal o cual poeta, las cuentas impagas que aún sostienen algunos, la juventud rockera y guitarrista eléctrica y las largas noches encallados en los expendios de licor. Si no hay críticos, o bien, han sido devastados, ¿qué es lo que falta a los poetas? En primer lugar, asumir el riesgo de escribir en otros géneros y prestarle oídos a otras cadencias y sintaxis, distintas a los reputados textículos franceses leídos con cuarenta años de descontexto. Tanta deconstrucción, rizoma, territorialización, campo de poder, capital simbólico, ¿para qué? Para sostener la ridícula y romántica negación a prestarle oídos al otro. Esto, pues aunque siempre el poeta de turno regale su libro, pocos (por no decir nadie) son los que siquiera lo hojean en el baño. Misoneísmo, es decir, miedo a lo nuevo. Podría ser, pero pareciera más prudente considerar que quienes se dicen escritores no escriben tanto, o que quienes dicen ser poetas no leen tanta poesía. Intuyo que la cuestión se resuelve, más que por la inquina del sol sobre las cosas -pensando, claramente que el sol es ese joven que cree que su escritura abarcará la extensión del mundo-, por una negación a hacer el ridículo, mostrar los trapos sucios que no se lavaron en casa, o de modo más simple, revelar la gran ignorancia subyacente. No quiero decir con esto que la totalidad de poetas que portan carnet de ciudadanía chilena sean ignorantes, por el contrario, sé que adolezco de pobrezas en las materias del conocimiento mucho mayores al resto; digo, quizás, que sería adecuado que empezáramos a leer nuestra historia y nuestra poesía con mayor cuidado, sin ser este cuidado una tara para poder glosar tal historia a nuestro modo: poetizando, historizando, criticando, ensayando y conjeturando una escritura comunitaria, es decir, una escritura que haga justicia a nuestra pertenencia a un especial estado de lengua o literatura. Propongo que hagamos leña del árbol caído, como proponía Ezra Pound recordando a Whitman. Un pacto, sí, un pacto que nos impida creernos Ezra Pound cada vez que leemos la poesía del otro, que nos haga dudar de la pedagogía implícita en los talleres literarios, las escuelas o la paternidad de ciertas escrituras.

Como bien sabemos, esto no es ninguna novedad: desconfianza, sospecha. Aunque pretender que se abra un panorama crítico desde los propios productores parezca un contrasentido, el ejercicio de la pluralidad, al menos en los textos producidos y leídos en democracia, es una necesidad. Necesitamos leer la nebulosa de autores que algunos llaman canon o tradición, tanto como leer a quienes afanosamente buscan instalarse como escritores o escrituras. Siempre es de afanosa locura el proceder del escritor joven. En este sentido, aprovechar la gran y libre cantidad de energía juvenil, contraria a esa amarga y clasista energía de los escritores “en vías de consagración” (no todos, por cierto), logrará distanciar a la poesía del arribismo que reina en el arte, digamos, esa necesidad de lo innecesario, o todos los condimentos que rodean a la literatura: violentar la apacible comodidad del artista comprometiéndolo con otras esferas de lo social y cultural, lo transforma en un gásfiter, un maestro chasquilla de las precarias empresas culturales literarias. Particularizo, pues la dictadura militar en Chile no fue una interrupción de la democracia, por el contrario, el borramiento de un estadio cultural, así como el repliegue de la participación real de la empresa o los poderes económicos en la cultura, ha detonado una larga situación postdictatorial, en la que deben reconstruirse instancias de comunicación entre la producción y el consumo de arte y cultura. Quizás lo más chocante, incluso, es darse cuenta que la reducción del campo de batalla público y privado halla su representación en las formas validadas por la academia, la crítica y los mismos poetas: rankings de libros, escritores, estéticas y teorías. Decir que este libro es mejor que este otro es señal de valentía, de gran sapiencia en las ideas más revolucionarias de nuestro infinito siglo XX, sin pensar, por cierto, en que la pobreza con la que se define teóricamente y prácticamente el canon, sitúa todo juicio en una valoración competitiva, claramente ligada al mercado. Establecer genealogías, hoy por hoy, más que un modo de desnudar críticamente los andamiajes de sociedades, estados y culturas reglamentadas, se suma a la desmesurada cantidad de información con la que se bombardea a los sujetos, volviendo toda crítica un medio o mediación: una sociedad hipermediatizada por el abarrotamiento de basura cultural y material. Valga para este caso el ejemplo de Internet. Quizás a causa de dicho fenómeno u otro, el discurso de la cultura -al menos en Chile- diseña jerarquías casi sanguíneas, aristocráticas, tanto de textos, como de autores o críticos. Las familias latifundistas han pasado a expandir sus poderes al dinero, otorgándole a la extranjería o a los cruces familiares, en los contratos y los oficios (llámense linaje o descendencia) una preponderancia excesiva. Podría decirse, aun, que no han cambiado los dueños de los medios, ni quienes tienen garantizado un futuro esplendor mediante su difusión en los mismos. Por ende, los periódicos, las revistas y ciertos círculos de discusión literaria se ocupan levantando nuevos y falsas figuras de una contracultura que, necesariamente, deberá convertirse en un producto vendible. Bolaño es un ejemplo, Wacquez su antípoda. Los poderes económicos solapadamente instalan en los lectores una perspectiva romántica de la historia, como diría Carlyle, una historia de los grandes hombres, o bien, de los grandes textos literarios. Cabría agregar también, una fascinación por la excentricidad del autor.

Me pregunto si existen los “grandes textos” o si hay “grandes chilenos”, ¿hay situación más inútil que buscar a los mejores? Sí, definir qué debería ser lo literario en cierto tiempo. En ese sentido, la vaga crítica también se ha identificado tomando como un lobo la piel de ovejas mancilladas por la historia, para plantear que la literatura debe ser reactiva, oponerse a lo que podría ser una imagen conservadora. Así, la rápida fosilización de dichas formas ha ocasionado que los aparatos represivos anticipen e incluso financien la disidencia, con el claro objetivo de normalizar las últimas producciones con el democrático mote de “revolucionarios”. Es necesario sospechar de aquellas perspectivas homogéneas. Por lo mismo, radicalizar una diferencia en las producciones literarias, así como en las lecturas que se hace de ellas, partiendo por los entusiastas escritores jóvenes, creo, afianzará estrategias de desestabilización más humanas en una valoración de lo dificultoso que es hoy en día producir literatura en base al trabajo.

Trabajar, sí, tanto en los textos como en algún oficio es urgente para barrer con toda habladuría ociosa que rodea el hacer literario. Espero que Contrafuerte permita que los escritores hablen de los escritores y limen esas asperezas propias de sus egolatrías y torpes relaciones sociales. Dejamos, pues, abierto este espacio para tal ejercicio.

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One Comment leave one →
  1. Mario Guajardo Vergara permalink
    9 abril 2010 1:20 pm

    Muy bueno, interpreta mi propio sentir en más de un punto, aunque me quedo con esta joya de desmadre (po)ético:
    “En primer lugar, asumir el riesgo de escribir en otros géneros y prestarle oídos a otras cadencias y sintaxis, distintas a los reputados textículos franceses leídos con cuarenta años de descontexto. Tanta deconstrucción, rizoma, territorialización, campo de poder, capital simbólico, ¿para qué? Para sostener la ridícula y romántica negación a prestarle oídos al otro.”

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